martes 5 de mayo de 2009

Cuaderno de la influenza

Jueves 30 de abril

Me ocurre lo que a varias personas con las que he hablado recientemente: uno tiene la acuciante necesidad de inaugurar un intervalo reflexivo sobre la influenza A/H1N1 o humana —no porcina, y mucho menos mexicana, según la rectificación de última hora—, de verse a solas con la idea de amenaza que nos ha emponzoñado los días, de crear un búnker mental para filtrar impresiones, hipótesis y alucinaciones, y la acometida mediática no permite el menor resoplido. Desde el 23 de abril a las once de la noche, cuando se anunció el surgimiento de un mal desconocido y potencialmente pandémico, que a muchos nos remitió a una fábula perversa de Orson Welles, la información brota por todas partes y de manera ininterrumpida, casi como si su objetivo fuese asediar conciencias. Los días se dividen en un antes y después de las conferencias de prensa del secretario de Salud, Córdova Villalobos, y entretanto la cobertura sigue en manos de la televisión, la radio, los diarios, internet, e incluso en los carteles pegados en cada edificio de mi cuadra, donde el gobierno del DF cita, punto por punto, las formas de contagio y prevención.

Supongo que el pavor a infestarse siempre tiene pies que se largan a correr con presteza y a tontas y locas. Por eso se improvisaron extensos programas de “enlace ciudadano”. Armados de una paciencia estoica, especialistas en epidemiología, enfermedades respiratorias, etcétera, responden preguntas enviadas vía telefónica o cibernética: ¿puede contagiarse mi gato?, ¿tengo que usar cubrebocas mientras me baño?, ¿dónde se consiguen máscaras antigás?, ¿sería bueno rociar mi casa con alcohol? (a esto un médico contestó: ¡se te va a incendiar la casa!) Entre pregunta y pregunta, descabellada o lúcida, nos hemos vuelto peritos en influenza humana (e influenza estacional, neumonía atípica y demás acertijos). O al menos ese es el afán, porque el 23 de abril a las once de la noche nos olimos el Armagedón y el curso cotidiano comenzó a tener un toque inédito de angustia e irracionalidad.

Contrario a lo que se piensa, la apabullante mayoría de los que habitamos México no está enferma de nada. Pero la influenza nos ha enfermado la vida. Una doctora experta en infectología dijo repetidamente en televisión que somos soldados librando una batalla; el coronel de este acobardado regimiento sería el secretario de Salud... ¿El cargo de generala le correspondería a Margaret Chan, de la Organización Mundial de la Salud? Lo cierto es que estamos desesperados por un armisticio.

Sábado 2 de mayo

Como en toda gesta, hemos ido elaborando un folclore: el de la suspicacia y la asepsia. Los más petulantes o zoquetes de la tropa niegan que haya tal cosa como una influenza —la consideran una especie de Señor de las Moscas destinado a la coerción/capitalización política del terror—, y los demás nos debatimos en la nebulosa de lo dicho y lo no dicho por Córdova Villalobos e inquirimos si los gobiernos federal y locales saben que sabemos que México es hipersensible, por no decir fóbico, a la transparencia. Nuestra clase política no tiene sangre sino abyección y cinismo en su sistema circulatorio. Es común que cuando alguien intenta descifrar el doblez de algún acontecimiento, otro lo acuse, burlonamente, de “conspiracionista”. En mi opinión, los anti-conspiracionistas están persuadidos de que viven en Suecia. Es en uno de los sitios más hediondos e ilícitos del planeta donde se formula hoy la interrogante inefable: ¿por qué ha muerto gente en México, si la influenza humana es perfectamente curable? Una de las posibles traducciones de esta duda es: ¿hubo atención médica sensible y eficaz y oportuna?, ¿hubo equipo hospitalario, personal especializado y esa panacea que se ha dado a conocer como Tamiflú? Ante esta preocupación clave, Córdova Villalobos hace como que la virgen le habla. Monsiváis imaginó el siguiente diálogo, que bien podría haber sido hilvanado por Beckett:

—No entendí lo que dijo el funcionario.
—Es que le pusiste atención y es lo peor que se puede hacer.
—Pero si no le pongo atención corro el riesgo de entenderlo.
—Eso es lo que a él le molesta, que te fijes en lo que dice, que no es la función de los ciudadanos.
—¿Y él cómo sabe que me estoy fijando en lo que dice?
—¿Y tú cómo puedes estar seguro de que no le entendiste?
—¿Me estás acusando de calumniador?
—Te estoy acusando de extraer conclusiones en un momento en que eso no está a la orden del día.
—¿Y qué está a la orden del día?
—Ponerse a disposición de las circunstancias.


Domingo 3 de mayo

Las circunstancias exigen inmolar a los microorganismos que nos han acompañado toda la vida, sin poder darles ni las gracias por haber aceitado tan laboriosamente nuestro sistema inmunológico. Nada que hacer: no urdieron municiones contra virus mutantes. Tenemos las manos ajadas de tanto lavarlas y desinfectamos lo que se deje: pisos, picaportes, pasamanos, teléfonos... Hasta el alma debe pasar la prueba del detergente social. No me ha sido difícil dejar de estrechar manos —un rito poco habitual por su severidad—, pero sí evitar el saludo de beso, tan propio de nuestra cultura, en la que todo se roza, soba, estruja y besuquea con confianza, desde los tomates hasta las personas.

El gel antibacterial —con microesferas y ceramidas— y el cloro aniquilan gérmenes en un tris —pero admitámoslo: sobre todo matan psicopatías como la hipocondria y la histeria. Son productos codiciados en el mercado y grandes protagonistas de las llamadas “compras de pánico”. Las profecías mayas nunca mencionan la posibilidad de una hecatombe en la Mega Comercial Mexicana, Wal-Mart o Chedraui. Y, sin embargo, enormes huestes de aprensivos, absortas en un primitivismo antisolidario, volaron a comprar despensas que alcanzarán hasta el año 2020. El miedo no anda en burro, sino en carritos de supermercado, me dije al ver filas de anaqueles huecos como un abismo. ¿Llegará el día en que los mexicanos se movilicen con el mismo ímpetu y la misma radicalidad para exigir, por ejemplo, un sistema de salud pública que en verdad garantice el derecho humano a la salud, y un presupuesto a la investigación médica que nos proporcione laboratorios y respuestas? De momento, parece que no hay nada más perentorio que amontonar latas de atún, con el morro sudoroso y la respiración entrecortada por el cubrebocas.

Ah, el cubrebocas... El accesorio del momento, que revolucionó la historia de la indumentaria. Los azules definen al montón, los blancos tienen un poco más de caché, los que ostentan coquetos pliegues son la envidia de las masas y los gruesos y abombados como trompa de oso pertenecen a una pequeña élite que supo estar a la vanguardia. No hay un solo cubrebocas disponible en el país. Por eso, algunos desafortunados que no consiguieron nada mejor que uno azul o blanco decidieron ponerle un sello de autor, como el dibujo de una sonrisa. La inventiva sofistica hasta los desechos, bien lo sabe el arte objeto. A últimas fechas, muchos han confeccionado cubrebocas caseros con telas al gusto: flores, rayas, algodón, poliéster, sobriedad o psicodelia.

El cubrebocas provoca sofocones, en virtud del microclima húmedo y canicular que configuran la nariz y la boca. Alguien me dijo que se sentía Darth Vader, y temía quedarse así para siempre.

Los médicos serios se atrevieron a afirmar que, en rigor, el cubrebocas ordinario —el que repartió el ejército en zonas concurridas— ofrece una protección del 2%, o sea, quimérica. Es claro que sólo aporta el beneficio de sosegar a la gente e instituir una cohesión social imperativa en emergencias sanitarias (yo me cuido, tú te cuidas, él se cuida... Nos cuidamos como colectivo), además de una sana competencia (“A mí nadie me gana en ser responsable”). Si el gobierno de México se cuadró —al parecer de inmediato— ante un nuevo patógeno, y fue tan célere y pertinente en varias medidas de contención, al punto de recibir aplausos y no acusaciones de ocultamiento (como sucedió en torno a la gripe aviar), ¿por qué insistir en que la gente ande por todos lados enmascarada con un placebo? Cuando lo que está en juego es el miedo, el dicho “Más vale que sobre y no que falte” no genera precisamente equilibrio y circunspección. ¿Nunca pensaron, por ejemplo, en el impacto visual de la mascarilla, asociada con toda clase de acaboses?

Martes 5 de mayo

Vamos de salida, no del virus, que llegó para quedarse, sino de la contingencia. Varios se despojan del cubrebocas en un bellísimo striptease. Debemos guardar una distancia de casi tres metros unos de otros. Una decisión razonabilísima: aprenderemos a vociferar como los italianos, disfrutaremos jugando a dígalo con mímica o articularemos lenguajes cifrados que consistan en silbar y batir palmas.

Al final del túnel nos espera la vida normal y el previsible manifiesto: el presidente autoproclama a México paladín de la humanidad; se siente el estadista de moda y está listo para hacer de su nuevo patrimonio político una francachela (confía en que el after-party sea el 5 de julio, en una cámara de diputados del color de su partido): conoce a su gente, la sabe maltratada y limosnera, capaz de loar al primero que no la pifie demasiado, o que mesure un poco su natural impunidad. ¿Cuándo nos convenceremos de que un político que más o menos la libra en algo es un servidor público y no un apóstol?

Por fortuna, muchos ya comienzan a congregar nuevamente a las cabras que se les soltaron en los últimos doce días. Algunas huyeron a sitios tan distantes como la Puna de Atacama, por ahí por Jujuy, y ahora no hay modo de recogerlas: el cierre de fronteras, claro; el cerco de tergiversaciones exprés y unilateralidad edificado alrededor del pestífero México. No tuve el gusto de nacer en Pinar del Río, Quito o Cartagena; tampoco en Shanghai, a Dios gracias. Por eso sólo atino a interpelar a Argentina: ¿clausurar vuelos de y hacia México? ¿No tienen la ligera sensación de que eso, más que una estrategia preventiva, es gritar sálvese quien pueda? ¿Un sujeto afriebrado en un vuelo México-Santiago de Chile es motivo para prolongar la medida? ¿Realmente poseen antivirales, señora de Kirchner? (Pregunto porque no lo sé, y me preocupa en tanto la influenza humana puede irrumpir desde cualquier destino.) ¿Y por qué no cerrarle la puerta en la nariz también a Estados Unidos, otro con centenares de casos de influenza humana? (¡O todos coludos o todos rabones!) ¿Han hecho algún estudio biotecnológico de avanzada que indique que los norteamericanos son menos contagiosos? ¿Es tal su caos interno —llámese dengue o periodo electoral— que bien vale fingir una reacción inexpugnable al brote de influenza y pagar el precio de una baraúnda diplomática con un país con el que, por cierto, tienen una deuda histórica? ¿Tiene sentido comerse un mal precedente en el Parlamento Latinoamericano y críticas de la ONU?

A propósito de esta polvareda de prejuicios (ya sabemos que los prejuicios, para nacer y multiplicarse, sólo requieren de un ejercicio intelectual nulo y algo que a nuestra especie le sobra: maldad), quisiera plantear un dilema que hasta ahora encuentro irresoluble. Hay algo que, desde mi sentido común, desbarata cualquier teoría de la probabilidad: ¿un puñado de individuos proveniente de México introdujo la influenza humana en Nueva York, Hong Kong, España, Gran Bretaña, etcétera? Lo declaran las noticias, sin ninguna controversia. Vaya, nuestro cosmopolitismo ha resultado ser impar. Obsequiamos peste al mundo con un tino que no comprendo, porque parece burlar por completo la aritmética del azar. ¿Será una tómbola amañada?

Si en México hay poco más de mil personas enfermas de influenza humana, cincuenta de las cuales murieron, y el país tiene unos 105 millones de habitantes, las víctimas del nuevo virus representan menos del 0.000987% de la población. ¿Es posible, entonces, que dos personas que estuvieron aquí se hayan llevado el mal a Francia, uno a Nueva Zelanda, otro a Israel y así sucesivamente? ¿Cómo hicieron para colarse en un porcentaje tan minúsculo que la calculadora sólo puede expresarlo en notación científica? (El nivel de contagio es mucho menor de lo que se supuso en un inicio.) Si en otras partes se escuchan noticias similares día tras día, ¿no es lógico que juren que somos letales diseminadores de la plaga, y que el DF es la nueva Orán de Camus, y no una ciudad donde más del 90% de la gente ni siquiera conoce de oídas a alguien que haya padecido influenza humana? ¿Cómo pesca la influenza un irlandés o un austriaco o un coreano en una urbe con más de veinte millones de personas sanas, que para el caso están en el mismo desamparo inmunológico ante una afección nueva?

Sobre los mil y pico de enfermos confirmados en más de veinte países, Keiji Fukuda, director adjunto de la OMS, dijo hoy que no cree que todos los casos provengan de México. Eureka. Díganlo más seguido, sin tapabocas, con más brío.

Finalmente, a nadie se le niega el anhelo de sobreponerse y ser infeccioso en un sentido positivo.

Un ciudadano que sabe poner buena cara al mal tiempo...








viernes 19 de diciembre de 2008

Feliz Navidad

Como si la estética navideña no fuera lo suficientemente estrambótica y de alguna forma dictatorial, en la ciudad prolifera un nuevo adorno, el más triste del mundo: automóviles disfrazados de Rudolph el reno. El atavío consiste en dos cuernos marrones de felpa situados en el techo y un cojín rojo —la nariz— adherido a la parte delantera de la carrocería. En ocasiones, de la cornamenta cuelgan diminutos moños y campanas. No es extraño ver incluso algún camión de basura en el papel del famoso rumiante, sólo que con las astas maltrechas y el hocico sucio.
Pese a lo que muchos digan, la caracterización de Rudolph supera a las figuras inflables de Santa Claus y el elenco de Belén, titanes grotescos que cobran vida por la noche y a la mañana siguiente, ya sin aire, son jirones pálidos. Es más impactante que las casas donde hacen superproducciones del Polo Norte y montan esas efigies que funcionan a pila y parecen androides.
Tripular a Rudolph requiere de una inversión modesta y una inventiva onerosa. Una ciudad llena de renos habla de una búsqueda desahuciada de la felicidad. De pronto el embotellamiento deja de ser un nido de sociópatas y se transforma en un inmenso trineo que surca el Ártico. De pronto los bocinazos suenan como cascabeles y los cafres tienen la bondad de los duendes.
La Navidad —época de reflexión según el proverbio publicitario— es una borrachera con licor adulterado. Un espectáculo de hipnosis en el que todos fingen que el ensalmo surtió efecto. Un ejercicio actoral tan exigente que los intérpretes se desquician, olvidan la técnica, crean descalabros familiares y se encuentran a sí mismos. Esta Nochebuena, millones de personas revelarán a los suyos una identidad ignota. Lo afirman las estadísticas. Alguien dirá que de ahora en adelante va a rezar en una mezquita, otro se presentará con la tanga que usó en la carroza de la marcha del orgullo gay, otro anunciará que en tres días se muda a un lugar inexplorado de Filipinas, otro cambiará de vocación... Las expectativas se van al traste, el decorado se percude o genera una descarga eléctrica, el bacalao se quema en el último minuto, el perro mordisquea su atuendo de Santa y caga bajo el arbolito, Rudolph reparte insultos en el Viaducto...
La realidad centellea como la bellísima aurora boreal. Es la magia de la Navidad.

domingo 29 de junio de 2008

El testamento invisible de Duchamp

La trama del libro más reciente de Graciela Speranza, Fuera de campo. Literatura y arte argentinos después de Duchamp (2006), comienza a hilarse a partir de un suceso estrafalario en la vida del artista, que excede el mero dato biográfico y revela un fabuloso potencial metafórico: eludiendo la guerra y la hostilidad ideológica primero de Francia y luego de Estados Unidos, el personaje se instaló durante nueve meses en Buenos Aires, entre 1918 y 1919. Alejarse del mundo supuso marchar, literalmente, hacia su último suburbio. Por si fuera poco, Duchamp apenas dejó pistas de aquella travesía. Su aventura en el sur incógnito es una especie de entreacto, de lapso deshabitado de signos que remite, claro, a la operación de vaciar el arte de su aura para elaborar un arte del vacío. La ciudad no le interesó más que como el escenario neutro y espectral donde libraría una infinita partida de ajedrez y se ensimismaría en la ejecución de Estereoscopía de mano y Pequeño vidrio, preámbulo de la parte inferior de una obra mayúscula, que radicalizó su exploración de un arte bastardo, fuera de campo, concertado entre la imagen, la palabra y el pensamiento: La novia desnudada por sus solteros, incluso (Gran vidrio).
Si el monstruo que redefinió la praxis, los soportes y los criterios de autoridad, valor y trascendencia del arte consolidó su sueño de pluralidad y heterodoxia estética en Argentina (aunque haya afirmado, indiferente: “Buenos Aires no existe”), “¿Cuál sería [...] el efecto argentino de Duchamp?”, se pregunta Speranza, a sabiendas de que la relación es tan licenciosa como incitante, y de que en el arte no hay dinastías inmutables, intestados ni desheredados. Las parentelas --constituidas también por sus apóstatas-- pueden reinventarse. Así inicia su tránsito por una red comparatista que se interna en la espesura de un mainstream periférico y “excéntrico” desde su origen. Se trata de un canon surgido al calor del debate martinfierrista, contagiado de vanguardia y, por tanto, en sintonía oblicua con la figura central de Duchamp: Borges (sombra y reflector de Macedonio, y viceversa), Cortázar, Puig, Piglia, Aira y Kuitca, el único artista plástico del grupo.
El circuito se va inflamando en la búsqueda --afiligranada, creativa, inesperada, es decir, ensayística-- de nuevos aparejos y ensambles teóricos. Es como si a través de un solo interruptor se encendiera un entramado eléctrico completo. Y es que el estudio, un texto precisamente fuera de campo, que convoca y reconfigura ideas de crítica visual, literaria y filosófica, va más allá de la superficie de las influencias descifrables de Duchamp. Desde su misma formulación, que es desarticular trincheras estéticas convencionales, confecciona un aparato discursivo distinto, una “lente” para mirar de otra forma (porque aquí la literatura también se mira).
No es extraño emprender el recorrido con cierto recelo. Pero cuando se advierte que la tramoya de Speranza en verdad funciona, la ruta se camina en un estado de gozosa tensión. Uno de los hallazgos es la espiral de gestos homólogos que maquinaron Borges y Duchamp, cada quien por su lado, en “Pierre Menard, autor del Quijote” y L.H.O.O.Q. Rasée (la Mona Lisa “rasurada” años después de haber sido intervenida con bigote y barba). El relato no sólo impugna la noción de originalidad y valida irónicamente el plagio y la atribución falaz como una prodigiosa treta conceptual, sino que además expande, igual que la reproducción del cuadro de Leonardo, el sentido de identidad del fenómeno artístico. La célebre maniobra de presentar la versión de Menard como “infinitamente más rica” que la de Cervantes da un giro a la luz de una de las grandes inquietudes de Duchamp: el infradelgado, el intervalo temporal que hace que dos cosas supuestamente idénticas difieran en su constitución.
Otros dos momentos climáticos (de tantos...): la descripción del código narrativo de Aira como un continuo irregular, desenlazado, informe, que se precipita hacia delante reactivando el principio duchampiano de dejar que la obra se haga sola; y la relectura de “Homenaje a Roberto Arlt” de Piglia bajo el enfoque de la cleptomanía de Godard y del desvío situacionista --desvío a su vez del ready-made. Desde esta perspectiva, conjetura notablemente Speranza, el montaje del cuento es una glosa del corpus de bribonadas, desfalcos y adulteraciones, afín a la dialéctica de desvalorización y revalorización del desvío, que es la literatura argentina desde el propio Sarmiento.

lunes 26 de mayo de 2008

Toneladas de maldad

Acabo de cruzarme con el último reality show de Televisa. No recuerdo su nombre, pero sí algunas escenas ingratas, ideales para exacerbar la consabida saudade del domingo. El adefesio recurre al formato que inauguró Big Brother y explotaron hasta el hastío La academia y todas sus variantes: se encierra a cierto número de chavos en algún sitio y con algún fin, que generalmente es prepararse para cantar, bailar, actuar, ser un miembro de La nueva banda Timbiriche o de High School Musical...
Pero en este caso los participantes son hombres y mujeres sin otra peculiaridad que una adiposis triste y rampante. El Canal de las Estrellas prestó oídos a un gravísimo problema de salud pública --somos el segundo país más rollizo del mundo, después de Estados Unidos-- y decidió abordarlo a su modo, es decir, con escrúpulos distraídos y la sensibilidad de Jack el Destripador. En la órbita del espectáculo, abstenerse de elaborar recursos mórbidos, salpimentados de santurronería, es un remilgo o un dislate quijotesco.
La colmilluda producción de este programa ideó, entonces, su versión del circo romano: dos equipos de personas obesas juegan futbol como weebles heroicos en el Estadio Azteca, sollozan mientras escalan artefactos prominentes, se asfixian en albercas, comen tortillitas escuálidas y entran en pánico ante sus próximos “retos deportivos”. Un típico campamento para gordos. La instrucción es arrear a los mastodontes (ya sabemos que en nuestras sociedades, la gente gruesa o adicta es faquir; se metió en problemas porque le gusta mortificarse).
Cuando concluye la semana, los concursantes se reúnen en un foro y caminan, nerviosos y emocionados, hacia una enorme báscula. Es el juicio final en la dimensión terrena. Cada uno tiene un sueño: correr una maratón, ponerse una falda minúscula... (Nadie pesa menos de cien kilos ni aspira a un bypass gástrico.) Cada gramo que se esfume los acerca a la quimera. Los hombres deben quitarse la camiseta antes de pasar a la balanza. Las mujeres no se quitan nada, pero visten un uniforme inhumano: top y mallita de lycra. Ofenderse o sentir asco frente a su corpulencia es por lo menos deleznable. La infamia se traduce en una pregunta elemental: ¿acaso el sobrepeso anula el derecho al pudor, a exhibir el culo de acuerdo con tu estado de ánimo y temperamento, sin importar que seas una sirena, un manatí, o lo que quieras y fabules?
Fue curioso escudriñar la interacción de los personajes. Varios serían nominados y uno de ellos tendría que abandonar el certamen. Sus miradas eran torvas. Se reprendían sin disimulo por “haber arruinado tal prueba” o por “mala actitud”. La tele nos ha acostumbrado a ver despedidas lacrimógenas, con música de fondo, extensísimos abrazos y actos simbólicos (recorrer un puente al compás de “Todo a pulmón”, tomar maletas en medio de aplausos, apagar una antorcha...) Aquí, la chica eliminada se largó en una atmósfera gélida, y a continuación desconectaron ¡un refrigerador que llevaba su nombre! (En efecto, el emblema de cada contendiente es una heladera donde se almacenan refrescos y pasteles: los creativos de la emisión poseen la capacidad metafórica de un chorlito, o adoptaron los principios terapéuticos de la Santa Inquisición.)
No creo que haya nada extraño. Los sujetos de los realities pugnan para ganar algo y no para perder (peso, dizque mérito, da lo mismo); rivalizan o se cohesionan en el contexto de la artisteada y el cupo disponible en La oreja, y no de una enfermedad cruel en términos clínicos y sociales. ¿Quién compite sanamente a partir del sufrimiento?

viernes 23 de mayo de 2008

Nonsense

Soy un miembro deshonroso de la gran hermandad blogger. Me falta todo lo necesario: lealtad, audacia, locuacidad, desvergüenza... Supongo que de vez en cuando, cuando la inspiración se vuelve bostezo y sin embargo te ves al pie del cañón, con ganas de seguirle, hay que estar dispuesto a decir lo más tonto que surja, o lo que no te interesa ni a ti mismo. A saber, por ejemplo: no me perdí el final de la Champions en Moscú... Como nunca pude sacudirme la propensión a ser hincha de los equipos donde hay algún jugador albiceleste (en este caso el Apache Tevez), me alegró el resultado. Así no se ve futbol --lindo, aquilatado en los cuatro puntos cardinales, el mejor--, me repito, pero no hay forma de esquivar esa especie de llamado tribal. A veces tuve que elegir --sin reflexión o escrúpulos--: ¿el cretino de Roberto Ayala o Hernán “Valdanito” Crespo y el Inter? Me resigno. Son las célebres razones del corazón, resultado, quizá, de efectos postraumáticos: mi padre perdía diez kilos y balbuceaba como australopiteco durante los partidos de la selección. Claro, unos segundos más tarde recuperaba la compostura del cronista erudito y creativo. Ni hablar. Hay determinismos placenteros, aunque nos vaya como en la guerra y estemos sepultados bajo diez cobijas al menos, y estrictamente, una hora de reloj. Sólo después la vida retoma su curso.

lunes 14 de abril de 2008

Terrícolas blasfemos

Hace poco resbalé en un programa británico sobre los colosales dibujos que irrumpen en campos de cultivo de diferentes sitios del mundo. El objeto del documental era revisitar el asunto sin sobreexitación ni invalidaciones tajantes. Las hipótesis, por lo tanto, se yuxtaponían hasta el infinito, como los formidables fractales diseñados, de la noche a la mañana (dicen), en maizales ingleses. Es en internet donde el litigio se encarniza y los investigadores y neófitos de todo tipo teclean calumnias e imputaciones hasta el delirio, o de pronto expresan reparos espirituales: “¿Por qué van y les ponen a Quetzalcóatl en Wiltshire y no nos hacen uno igual de bonito en Chapultepec?” Quien haya elaborado esos tropos bellos y simétricos debe saber que está profanando simultáneamente nuestra capacidad de nihilismo y de credulidad.
La discordia deja oír voces de biofísicos, geólogos, meteorólogos, astrónomos, matemáticos, arquitectos, ingenieros, filósofos, teólogos, parapsicólogos, ufólogos y/o ufólatras (he ahí el vernáculo Jaime Maussan: si alguien tuviera la clemencia de abducirlo, la diplomacia interestelar empezaría con el pie derecho), vendedores de mercadotecnia ovni y agrupaciones variopintas.
En un extremo están los que atribuyen esa geometría hermética a los traviesos viejitos Doug Bower y Dave Chorley --presuntos autores de los crop circles inaugurales, labrados alrededor de 1978 cerca de Winchester-- y a sus posteriores acólitos, que fueron perfeccionando la engañifa del siglo. Y en la otra orilla despuntan los que le dan el crédito a un concilio de ET’s, camarada oculto de la humanidad, que proviene de la galaxia de Andrómeda, próxima a la Vía Láctea. Los andromedanos, desde luego, nos quieren bien; no buscan colonizarnos al estilo de Los expedientes X, no han contratado hombres de negro y mucho menos pactarán con la Casa Blanca: su lenguaje es el arte del pictograma.
Admito ser una simple diletante en la materia. Sin embargo, por naturaleza me inclino hacia el disparate. He decidido juzgar al universo como una comarca pluridimensional (con más de un espacio-tiempo físico y zonas suprasensibles), respetar lo arcano y considerar la posibilidad de que haya otros inquilinos en el cosmos. Se acusa de incauto a quien cree percibir recriminaciones alienígenas por hacer de la Tierra un escenario de usura y crueldad. Pero ¿no es la imaginación el último refugio, mecenas y abogado de la esperanza?
Ya Carl Sagan dedujo que la fantasía de un desembarco extraterrestre (libertario o absolutista) obedece al deseo de emprender un examen de conciencia a nivel mundial, frenar la inminente bancarrota del medio ambiente y recobrar la fe en una alianza solidaria entre los hombres. Dicho de otro modo, si un día le viésemos la cara a un plácido turista o invasor sideral, quizá dejaríamos de ser una cuadrilla fraticida y deplorable. No hemos tenido suerte: por el momento, los ciudadanos del espacio exterior parecen estar contentos en sus planetas.

viernes 28 de marzo de 2008

Crónica de un proceso de titulación

Juana nunca imaginó que al concluir su carrera en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, obtener el título significaría batirse a duelo con la administración universitaria. No es novedad que, a veces, entre el arrojo y la estupidez hay un borde casi imperceptible, aun cuando estemos defendiendo la más justa de las causas. Desde ese límite afiligranado, mi amiga se adentró en corredores y cubículos y encabezó una peligrosa cruzada de reconquista del sentido común, el juicio y la sabiduría. Y es que, en la recta final, la máxima casa de estudios guarda un as bajo la manga: nadie que complete sus créditos y haga una tesis llegará al desenlace; quizá para que el estudiante no intente exagerar el valor del triunfo y comprenda, en cambio, que el camino de la superación está hecho de contrariedades, amonestaciones y miseria, hay un último requisito, un menester cifrado, similar a la prueba de iniciación que las sociedades secretas les imponen a sus postulantes.
Están, claro, los que en cuanto descubren la artería optan por poner pies en polvorosa, lustrar sus agallas para una mejor ocasión y convertirse en tránsfugas de un universo que entiende de sellos y no de razones, donde se trabaja diligentemente, y con una frescura impúdica, para evadir, traspapelar, encubrir y enmarañar el rumbo de la vida. En las mil y un ventanillas de la UNAM se escribe todos los días un thriller perverso, como el que alguna vez protagonizaron un joven anónimo, deshecho en lágrimas, y una empleada con un instinto extraordinario para tejer escenas de suspense. La toma, en la que participé como extra, alcanzó el clímax cuando ella dijo, divertida: “Mira, chamaco, con sólo apretar este botoncito en mi computadora, tu historia académica queda eliminada y tú nunca estuviste inscrito aquí”.
Pero Juana desoyó mi admonición y decidió que no transigiría, aunque en ello le fuera un inútil diploma en Letras y semanas enteras de desvarío y beligerancia.
Las hostilidades iniciaron cuando la señora Yolanda Martínez, una mujer imperturbable, gruesa y empolvada con un salvaje torbellino de colores pastel, le dio un instructivo de diez gestiones subdivididas en dos o tres empresas y, para glosar su sentido oculto, una hoja de 22 “Preguntas y respuestas sobre el proceso de obtención del título y la cédula profesional”. Vi cómo Juana se afanó en la exégesis de aquel edicto. Bufaba en el intento de agendar las actividades, sabiendo que si daba un paso en falso, el procedimiento se alargaría indefinidamente. Fue un periodo de sudor y penuria.
La minuta no era otra cosa que un criptograma, un protocolo esotérico que al parecer incluía excursiones a servicios escolares, a la sección de exámenes profesionales, a la coordinación de Letras Modernas, a la zona comercial de CU, a la biblioteca de la facultad, a la biblioteca central, a las oficinas o casas de cinco sinodales, a un sitio recóndito llamado Tramitel y a un estudio fotográfico de San Ángel donde saben cuán escrupulosa es la UNAM al solicitar retratos: un cabello animoso, una mueca ligeramente irascible o un tramo de piel descubierta son signos de nudismo y sublevación (nadie se explica la exigencia de posar con un semblante yerto, más propio de un aterido miembro del Heroico Colegio Militar que de alguien que retozó en las Islas durante años).
Por lo demás, las cifras del laberinto sumaban unos quince papeles y documentos, 32 rúbricas --entre firmas y sellos--, un mes --con suerte-- de diligencias de tiempo completo y una exasperación incalculable.
Juana comenzó a merodear, como un fantasma con asuntos pendientes, la madriguera del esperpento:
“Señora Yolanda, ¿qué es la forma DGAE-SCD-01, mencionada en el inciso dos del instructivo?”
“Oiga, se me pasaron los tres días hábiles que median entre los puntos seis y siete del manual, es decir, a ver... Entre la recabación de una firma en mi revisión de estudios, la entrega de dos ejemplares de mi tesis en las bibliotecas, la presentación del recibo por concepto de no adeudo de libros y la asignación de fecha de examen profesional, ¿qué hago?”
“Buenas tardes, ¿se acuerda de mí? Hoy la visito porque estoy confundida con el tema del citatorio FEP-4...”
“Disculpe, pero soy muy sensible al hostigamiento. Creo que no debería ser tan burlona e insultante conmigo...”
“¡Es usted una grosera!”
Apenas pudo advertir la tozuda muchacha que el cuartelazo tendría consecuencias escalofriantes. Había puesto un pie dentro de las fauces de la burocracia, ignorando que su comparsa de criaturas mustias y llenas de inquina nos mueve como espantajos en el gran sainete del mundo.
Nadie había cometido, en la extensa historia de la institución, un acto de desobediencia y altivez tan inadmisible. Algo así afirmó la doctora Ana Elena González, directora del Colegio de Letras Modernas, tiempo después. Sorprendida, Juana expuso cómo el personaje con aspecto de alcahueta socarrona la había injuriado. Fue en vano. Con el tono que se usa para hablarle a un mocoso insumiso, su interlocutora improvisó un parloteo moral: “Estás desorientada. Tienes que aprender a conducirte en la vida. Es por tu bien, aunque ahora no puedas entenderlo...” ¿El mensaje detrás de la prédica? Si Juana no le ofrecía disculpas a “doña Yoli”, pondría en riesgo su titulación.
--¿Te das cuenta de lo que estás diciendo? ¿De verdad no percibes ningún atisbo de atropello o de impunidad en tu demanda?
--Tienes que disculparte por las razones correctas. Si no estás arrepentida mejor ni lo hagas. Es una cuestión entre tu conciencia y tú --dictó la académica, y su rostro se dislocó de tanto simular decencia. Las cosas no podían pintar peor: aquella máscara torva iba a ser uno de sus sinodales.
Por si fuera poco, la escaramuza ya estaba en boca de todo el colegio y el personal de servicios escolares, probablemente por afinidad sindical, se había sumado a la queja con alborozo y acusaciones inverosímiles. Juana era la comidilla del momento. Parecía una emboscada, o una caza discrecional de idiotas y hocicones. Cuando la sensación de desamparo y de ridículo llegó a su apoteosis, un viejo profesor de origen escocés le dijo al pasar, con voz exhausta y en medio de un acceso de tos: “Vete de la escuela. Es un pantano cómodo. ¿Dicen que hacen ensayos? ¡Já! Montaigne querría volver a morirse. A ellos no les gustan los auténticos ensayos, ¡y a mí no me gusta Kentucky Fried Chicken!” Quizá en ese instante Juana asumió, por fin, su condición de descastada. La orden fue una pequeña píldora de descaro; le dio aliento para dirigirse al patíbulo donde la señora Yolanda, ensoberbecida como una faraona, la exculpó sin mayores humillaciones.
Sin embargo, aún faltaba la última coz. Juana tenía la certidumbre de que su examen profesional sería memorable por su inclemencia, un conjunto de horas signado por la enfebrecida ojeriza de la doctora González y los rancios postulados del resto de la mesa. No se equivocó. Fue una secuencia descoyuntada de embestidas cuyo fin era sentenciar que la alumna había disfrutado la elaboración de su trabajo final, mezclando a placer los tubos de ensayo donde se almacena la teoría, rehuyendo la imparcialidad analítica e impugnando el método positivista de abismarse en la literatura, una ciencia exacta malbaratada por la obscenidad creativa.
En una carrera donde las menciones honoríficas se reparten como volantes, Juana, uno de los mejores promedios de su generación, se retiró sin condecoraciones y sin perplejidad. Algunas contiendas se vencen de forma extraña e impremeditada.