Jueves 30 de abrilMe ocurre lo que a varias personas con las que he hablado recientemente: uno tiene la acuciante necesidad de inaugurar un intervalo reflexivo sobre la influenza A/H1N1 o humana —no porcina, y mucho menos mexicana, según la rectificación de última hora—, de verse a solas con la idea de amenaza que nos ha emponzoñado los días, de crear un búnker mental para filtrar impresiones, hipótesis y alucinaciones, y la acometida mediática no permite el menor resoplido. Desde el 23 de abril a las once de la noche, cuando se anunció el surgimiento de un mal desconocido y potencialmente pandémico, que a muchos nos remitió a una fábula perversa de Orson Welles, la información brota por todas partes y de manera ininterrumpida, casi como si su objetivo fuese asediar conciencias. Los días se dividen en un antes y después de las conferencias de prensa del secretario de Salud, Córdova Villalobos, y entretanto la cobertura sigue en manos de la televisión, la radio, los diarios, internet, e incluso en los carteles pegados en cada edificio de mi cuadra, donde el gobierno del DF cita, punto por punto, las formas de contagio y prevención.
Supongo que el pavor a infestarse siempre tiene pies que se largan a correr con presteza y a tontas y locas. Por eso se improvisaron extensos programas de “enlace ciudadano”. Armados de una paciencia estoica, especialistas en epidemiología, enfermedades respiratorias, etcétera, responden preguntas enviadas vía telefónica o cibernética: ¿puede contagiarse mi gato?, ¿tengo que usar cubrebocas mientras me baño?, ¿dónde se consiguen máscaras antigás?, ¿sería bueno rociar mi casa con alcohol? (a esto un médico contestó: ¡se te va a incendiar la casa!) Entre pregunta y pregunta, descabellada o lúcida, nos hemos vuelto peritos en influenza humana (e influenza estacional, neumonía atípica y demás acertijos). O al menos ese es el afán, porque el 23 de abril a las once de la noche nos olimos el Armagedón y el curso cotidiano comenzó a tener un toque inédito de angustia e irracionalidad.
Contrario a lo que se piensa, la apabullante mayoría de los que habitamos México no está enferma de nada. Pero la influenza nos ha enfermado la vida. Una doctora experta en infectología dijo repetidamente en televisión que somos soldados librando una batalla; el coronel de este acobardado regimiento sería el secretario de Salud... ¿El cargo de generala le correspondería a Margaret Chan, de la Organización Mundial de la Salud? Lo cierto es que estamos desesperados por un armisticio.
Sábado 2 de mayo
Como en toda gesta, hemos ido elaborando un folclore: el de la suspicacia y la asepsia. Los más petulantes o zoquetes de la tropa niegan que haya tal cosa como una influenza —la consideran una especie de Señor de las Moscas destinado a la coerción/capitalización política del terror—, y los demás nos debatimos en la nebulosa de lo dicho y lo no dicho por Córdova Villalobos e inquirimos si los gobiernos federal y locales saben que sabemos que México es hipersensible, por no decir fóbico, a la transparencia. Nuestra clase política no tiene sangre sino abyección y cinismo en su sistema circulatorio. Es común que cuando alguien intenta descifrar el doblez de algún acontecimiento, otro lo acuse, burlonamente, de “conspiracionista”. En mi opinión, los anti-conspiracionistas están persuadidos de que viven en Suecia. Es en uno de los sitios más hediondos e ilícitos del planeta donde se formula hoy la interrogante inefable: ¿por qué ha muerto gente en México, si la influenza humana es perfectamente curable? Una de las posibles traducciones de esta duda es: ¿hubo atención médica sensible y eficaz y oportuna?, ¿hubo equipo hospitalario, personal especializado y esa panacea que se ha dado a conocer como Tamiflú? Ante esta preocupación clave, Córdova Villalobos hace como que la virgen le habla. Monsiváis imaginó el siguiente diálogo, que bien podría haber sido hilvanado por Beckett:
—No entendí lo que dijo el funcionario.
—Es que le pusiste atención y es lo peor que se puede hacer.
—Pero si no le pongo atención corro el riesgo de entenderlo.
—Eso es lo que a él le molesta, que te fijes en lo que dice, que no es la función de los ciudadanos.
—¿Y él cómo sabe que me estoy fijando en lo que dice?
—¿Y tú cómo puedes estar seguro de que no le entendiste?
—¿Me estás acusando de calumniador?
—Te estoy acusando de extraer conclusiones en un momento en que eso no está a la orden del día.
—¿Y qué está a la orden del día?
—Ponerse a disposición de las circunstancias.
Domingo 3 de mayo
Las circunstancias exigen inmolar a los microorganismos que nos han acompañado toda la vida, sin poder darles ni las gracias por haber aceitado tan laboriosamente nuestro sistema inmunológico. Nada que hacer: no urdieron municiones contra virus mutantes. Tenemos las manos ajadas de tanto lavarlas y desinfectamos lo que se deje: pisos, picaportes, pasamanos, teléfonos... Hasta el alma debe pasar la prueba del detergente social. No me ha sido difícil dejar de estrechar manos —un rito poco habitual por su severidad—, pero sí evitar el saludo de beso, tan propio de nuestra cultura, en la que todo se roza, soba, estruja y besuquea con confianza, desde los tomates hasta las personas.
El gel antibacterial —con microesferas y ceramidas— y el cloro aniquilan gérmenes en un tris —pero admitámoslo: sobre todo matan psicopatías como la hipocondria y la histeria. Son productos codiciados en el mercado y grandes protagonistas de las llamadas “compras de pánico”. Las profecías mayas nunca mencionan la posibilidad de una hecatombe en la Mega Comercial Mexicana, Wal-Mart o Chedraui. Y, sin embargo, enormes huestes de aprensivos, absortas en un primitivismo antisolidario, volaron a comprar despensas que alcanzarán hasta el año 2020. El miedo no anda en burro, sino en carritos de supermercado, me dije al ver filas de anaqueles huecos como un abismo. ¿Llegará el día en que los mexicanos se movilicen con el mismo ímpetu y la misma radicalidad para exigir, por ejemplo, un sistema de salud pública que en verdad garantice el derecho humano a la salud, y un presupuesto a la investigación médica que nos proporcione laboratorios y respuestas? De momento, parece que no hay nada más perentorio que amontonar latas de atún, con el morro sudoroso y la respiración entrecortada por el cubrebocas.
Ah, el cubrebocas... El accesorio del momento, que revolucionó la historia de la indumentaria. Los azules definen al montón, los blancos tienen un poco más de caché, los que ostentan coquetos pliegues son la envidia de las masas y los gruesos y abombados como trompa de oso pertenecen a una pequeña élite que supo estar a la vanguardia. No hay un solo cubrebocas disponible en el país. Por eso, algunos desafortunados que no consiguieron nada mejor que uno azul o blanco decidieron ponerle un sello de autor, como el dibujo de una sonrisa. La inventiva sofistica hasta los desechos, bien lo sabe el arte objeto. A últimas fechas, muchos han confeccionado cubrebocas caseros con telas al gusto: flores, rayas, algodón, poliéster, sobriedad o psicodelia.
El cubrebocas provoca sofocones, en virtud del microclima húmedo y canicular que configuran la nariz y la boca. Alguien me dijo que se sentía Darth Vader, y temía quedarse así para siempre.
Los médicos serios se atrevieron a afirmar que, en rigor, el cubrebocas ordinario —el que repartió el ejército en zonas concurridas— ofrece una protección del 2%, o sea, quimérica. Es claro que sólo aporta el beneficio de sosegar a la gente e instituir una cohesión social imperativa en emergencias sanitarias (yo me cuido, tú te cuidas, él se cuida... Nos cuidamos como colectivo), además de una sana competencia (“A mí nadie me gana en ser responsable”). Si el gobierno de México se cuadró —al parecer de inmediato— ante un nuevo patógeno, y fue tan célere y pertinente en varias medidas de contención, al punto de recibir aplausos y no acusaciones de ocultamiento (como sucedió en torno a la gripe aviar), ¿por qué insistir en que la gente ande por todos lados enmascarada con un placebo? Cuando lo que está en juego es el miedo, el dicho “Más vale que sobre y no que falte” no genera precisamente equilibrio y circunspección. ¿Nunca pensaron, por ejemplo, en el impacto visual de la mascarilla, asociada con toda clase de acaboses?
Martes 5 de mayo
Vamos de salida, no del virus, que llegó para quedarse, sino de la contingencia. Varios se despojan del cubrebocas en un bellísimo striptease. Debemos guardar una distancia de casi tres metros unos de otros. Una decisión razonabilísima: aprenderemos a vociferar como los italianos, disfrutaremos jugando a dígalo con mímica o articularemos lenguajes cifrados que consistan en silbar y batir palmas.
Al final del túnel nos espera la vida normal y el previsible manifiesto: el presidente autoproclama a México paladín de la humanidad; se siente el estadista de moda y está listo para hacer de su nuevo patrimonio político una francachela (confía en que el after-party sea el 5 de julio, en una cámara de diputados del color de su partido): conoce a su gente, la sabe maltratada y limosnera, capaz de loar al primero que no la pifie demasiado, o que mesure un poco su natural impunidad. ¿Cuándo nos convenceremos de que un político que más o menos la libra en algo es un servidor público y no un apóstol?
Por fortuna, muchos ya comienzan a congregar nuevamente a las cabras que se les soltaron en los últimos doce días. Algunas huyeron a sitios tan distantes como la Puna de Atacama, por ahí por Jujuy, y ahora no hay modo de recogerlas: el cierre de fronteras, claro; el cerco de tergiversaciones exprés y unilateralidad edificado alrededor del pestífero México. No tuve el gusto de nacer en Pinar del Río, Quito o Cartagena; tampoco en Shanghai, a Dios gracias. Por eso sólo atino a interpelar a Argentina: ¿clausurar vuelos de y hacia México? ¿No tienen la ligera sensación de que eso, más que una estrategia preventiva, es gritar sálvese quien pueda? ¿Un sujeto afriebrado en un vuelo México-Santiago de Chile es motivo para prolongar la medida? ¿Realmente poseen antivirales, señora de Kirchner? (Pregunto porque no lo sé, y me preocupa en tanto la influenza humana puede irrumpir desde cualquier destino.) ¿Y por qué no cerrarle la puerta en la nariz también a Estados Unidos, otro con centenares de casos de influenza humana? (¡O todos coludos o todos rabones!) ¿Han hecho algún estudio biotecnológico de avanzada que indique que los norteamericanos son menos contagiosos? ¿Es tal su caos interno —llámese dengue o periodo electoral— que bien vale fingir una reacción inexpugnable al brote de influenza y pagar el precio de una baraúnda diplomática con un país con el que, por cierto, tienen una deuda histórica? ¿Tiene sentido comerse un mal precedente en el Parlamento Latinoamericano y críticas de la ONU?
A propósito de esta polvareda de prejuicios (ya sabemos que los prejuicios, para nacer y multiplicarse, sólo requieren de un ejercicio intelectual nulo y algo que a nuestra especie le sobra: maldad), quisiera plantear un dilema que hasta ahora encuentro irresoluble. Hay algo que, desde mi sentido común, desbarata cualquier teoría de la probabilidad: ¿un puñado de individuos proveniente de México introdujo la influenza humana en Nueva York, Hong Kong, España, Gran Bretaña, etcétera? Lo declaran las noticias, sin ninguna controversia. Vaya, nuestro cosmopolitismo ha resultado ser impar. Obsequiamos peste al mundo con un tino que no comprendo, porque parece burlar por completo la aritmética del azar. ¿Será una tómbola amañada?
Si en México hay poco más de mil personas enfermas de influenza humana, cincuenta de las cuales murieron, y el país tiene unos 105 millones de habitantes, las víctimas del nuevo virus representan menos del 0.000987% de la población. ¿Es posible, entonces, que dos personas que estuvieron aquí se hayan llevado el mal a Francia, uno a Nueva Zelanda, otro a Israel y así sucesivamente? ¿Cómo hicieron para colarse en un porcentaje tan minúsculo que la calculadora sólo puede expresarlo en notación científica? (El nivel de contagio es mucho menor de lo que se supuso en un inicio.) Si en otras partes se escuchan noticias similares día tras día, ¿no es lógico que juren que somos letales diseminadores de la plaga, y que el DF es la nueva Orán de Camus, y no una ciudad donde más del 90% de la gente ni siquiera conoce de oídas a alguien que haya padecido influenza humana? ¿Cómo pesca la influenza un irlandés o un austriaco o un coreano en una urbe con más de veinte millones de personas sanas, que para el caso están en el mismo desamparo inmunológico ante una afección nueva?
Sobre los mil y pico de enfermos confirmados en más de veinte países, Keiji Fukuda, director adjunto de la OMS, dijo hoy que no cree que todos los casos provengan de México. Eureka. Díganlo más seguido, sin tapabocas, con más brío.
Finalmente, a nadie se le niega el anhelo de sobreponerse y ser infeccioso en un sentido positivo.




